I-V-VII

La sala estaba fría, se percibía levemente un fino hilo de vaho en cada respiración.
Como hacía dos años atrás, Paula intentaba aguantar la tensión del momento, pero el tiempo pasaba lento y cada vez era más insostenible aquella situación.
Transcurridos 7 minutos de silencio incómodo, alguien de aquella habitación lo rompió con un: "Es hora de marcharnos". Paula asintió, se secó las lágrimas y desapareció de la sala sin ni siquiera mirar atrás, como quien no deja nada. Y es que cuando tu familia te repudia... ya no tienes nada.

Pasaron los días y ninguna se atrevía a hablar de lo que pasó aquel 15 de Enero. Los días transcurrían sumergidos en pura monotonía. La relación se resentía a cada minuto que no se hablaba de ello.
Hasta que un día, María, decidió poner fin a dicho calvario, sin saber que apenas éste estaba comenzando.

Preparó un té de canela, encendió un par de velas que decoraban la mesa y esperó a que Paula tomara asiento. Dio un sorbo de su té dejando que el sabor a canela la embriagara, miró titubeante a Paula y acto seguido al fuego incandescente de las velas cuyo aroma cubría el salón esperando calmar el ambiente que se avecinaba. Costó el trago, pues en su garganta albergaba un nudo del tamaño de un castillo, que se fue deshaciendo cuando comenzó el discurso:
" Paula, no podemos seguir así, me está matando la situación y el verte sufrir así, entiendo que cueste... pero es necesario"
Paula la miró en silencio, arqueó sus labios intentando decir algo con sentido, pero en ese momento las palabras desaparecieron. María guardó silencio, entendía lo que sucedía a cada segundo que permanecía indagando la mirada de Paula, perdida buscando algo que hasta entonces era impensable e impronunciable.
Pasado el silencio de rigor para asumir la conversación, María prosiguió su discurso:
" Sé que lo estás pasando mal, que no puedes dejar de pensar en las palabras de tu padre al decirle que me amas..."
Paula intervino con un leve ruido, palabras que se ahogaron al final de su garganta y que María no pudo escuchar. La miró y dijo: " No puedo seguir con ésto".
María no quería entenderlo ahora, no quería creérselo. Todo concluyó con una frase que desde entonces permanece grabada a fuego en la mente de María y que le cambiaría la vida que actualmente tenía. Sonó con frialdad, al contrario que los besos cálidos que hacía días Paula no le daba.
" María es mi familia... y ésto no sé si va a ser para siempre, lo siento."
Cada palabra se clavó en el pecho como un dardo envenenado. No hubo más conversación, tampoco té, ni velas, ni nada que calmara el dolor que sentía María dentro de su ser, en lo más hondo...se quedó llena de dolor y lágrimas contenidas. Con el mundo encima.

Vio cómo Paula recogía sus cosas, todas excepto unas zapatillas de andar por casa, un pijama, su olor en las sábanas y un ambiente funesto. Entre toda la ropa que se llevó, había envuelto un corazón hecho añicos que al salir de casa de María, abandonó en un contenedor, de esos que abundan en las esquinas de las calles de cualquier barrio, ésta vez tampoco miró atrás.
Desde éste momento, comienza la historia de María.

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