Lunes. 7:00 AM.
Suena la alarma, debería de interrumpir el sueño de María, pero no es así... no ha pegado ojo en toda la noche. No ha podido cerrar un ojo y dejar de pensar en todo. Toda la noche cavilando, toda la noche recordando.
Se sienta en el borde izquierdo de la cama, mirando la nada, y como cada día se viste... ésta vez a un ritmo pausado, le pesa el alma, cada movimiento se hace eterno. Cada paso que la dirige al cuarto de baño es como una zancada para un elefante. Después de varios minutos mirándose en el espejo sin verse, pensando: ¿Acaso no tendré alma? ¿Se habrá marchado con Paula?, mira el reloj, las 7:45 AM, es hora de dejar de pensar e ir a trabajar.
Los minutos de la jornada laboral los pasaba sumergida entre papeles, números y carpetas, con la mirada perdida e inerte. Vagaba por el tiempo como alma en pena, pero aparentando entereza delante de la gente.
Nadie sabía, aparentemente, el caos que vivía en su interior. Nadie supo toda la verdad. Nadie.
Cada vez que llegaba a casa, después del turno de trabajo, se calzaba las zapatillas que Paula dejó en casa, se embriagaba de su olor esnifando el pijama que también se quedó allí, cada cosa de ella la transportaba a todos esos momentos que vivió con Paula en esa casa, en aquel parque de inmenso césped verde en el que tantos besos y caricias se daban en las despedidas, en el recorrido de lunares que empezaba en su cuello y terminaba en su ombligo, en las miradas cómplices que sucedían en momentos de silencio.
Cada recuerdo estrujaba un poquito más el corazón de María dejándolo seco, sin sangre, oprimiendo cada latido que dejó de sonar al unísono del reloj del amor.
Aún intenta entender el porqué, pero ya no tiene nada que hacer.... todo por culpa de una familia que no logra entender que el amor también surge entre mujer y mujer.
Pasaban los días y todo seguía igual, la rutina era su fiel compañera, también la soledad y el dolor, pero aún esperaba al olvido como acompañante, el hermano del tiempo que dicen que todo lo cura, aunque a veces tarda más en llegar de lo que quisiéramos.
María se levantó un día con ganas de acelerar el paso del tiempo, para llamar al olvido, así que sin dudarlo un momento abrió el armario, sacó unas viejas zapatillas de estar en casa un tanto raídas, azules, un pijama amarillo de ositos verdes y un trocito de su alma con cada prenda. Se quedó observando un momento, viendo a Paula con ese ridículo pijama andar por casa, llegar a la cocina y notar como sus brazos la envolvían por la cintura desde atrás, como cuando cocinaba para ella.
Tras varios minutos de intensos recuerdos, volvió en sí y fue derecha al cubo de la basura, no podía más. Se desprendió de lo único que le quedaba y que le ataba a Paula, sus pertenencias. Volvió a repasar cada cajón de la habitación, en uno de ellos encontró un par de fotos y notas de Paula, se entretuvo en leer y releer todas y cada una de ellas, cada palabra de cada nota se repetía una y otra vez hasta la saciedad en la mente de María, sonaban con eco y dolían en el pecho, lloraba y lloraba cada vez con más lágrimas, hasta que se secó por dentro, no había más lágrimas, no salía nada más de ella... se sentía tan vacía como aquel día en que todo desapareció y decidió que con todo aquello sólo podía hacer una cosa: quemarlo todo.
Ya no quedaba nada que la atase a Paula, tampoco quedaba nada dentro de ella. El resto del día lo pasó pensando en si había hecho lo correcto, añorando los objetos de los que se había desecho, recordando las fotos, frases que retumbaban en su cabeza con voz de ultratumba "quiero estar siempre contigo" "eres lo mejor que me ha pasado en la vida".
Ésto marcó un antes y un después en la actitud de María.
Aparentemente estaba bien, nadie apreciaba el estado de ánimo en el que se encontraba. El día a día se le hacía más difícil cuando gente como su madre le preguntaba por Paula. No sabía nada, y para ella era imposible articular palabra para decir lo que realmente ocurría. Se le hacía un nudo en la garganta, que en cuanto se deshiciera, rompería en una estampida de lágrimas.
A cada pregunta respondía el silencio, o las evitaba cambiando de tema.
Le fue más fácil contarle que le gustaban las mujeres, que hacerle saber que Paula ya estaba fuera de su vida.
Como siempre, recurrió a las letras, a las palabras escritas, para contarle lo que sucedía. No era cobardía, ni miedo, pero no podía soportar la idea de que su madre la viese llorar desconsolada por una tía, por algo que ya ni tenía solución ni merecía la pena.
Desde entonces no hubo más conversación sobre el tema.
Las noches se hacían largas, pesadas y cansadas, dormía poco... y en los fines de semana, bueno... dejemos los fines de semana para luego. No es momento de contar cómo María jugó con fuego, llegando a quemarse la punta de los dedos.
El tiempo pasaba, cada vez más rápido de lo que María esperaba, y con él,cogido de la mano, tal y como dicen los sabios, fue llegando el olvido.
Al fin, después de tanto haber sufrido en silencio, María comenzó a sentirse bien, a respirar, a sonreír, a vivir....
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